miércoles, 20 de enero de 2010

Martina

Martina y sus zapatillas de ballet. Martina y esas mallas de color negro. Martina y esa camiseta tan holgada que poco o nada dejaba a la imaginación cuando se movía.
De entre todas las mujeres del mundo. Tuvo que ser Martina.
Era la única en todo el gimnasio que entraba a las clases de ballet maquillada, mirando a todos con desprecio y valiéndose solo de su hermosa figura para destacar.
Lo cierto es que la odiaba. La odiaba con todo el alma. Esa rubia melena y esos ojos azules, tan enormes y hermosos. Ese cuerpo tan fibroso y bien proporcionado, que solo una herencia genética podría dar.

Con un movimiento de caderas ella podría conquistar el mundo. Y a los dos segundos el mundo se volvería en contra, pues no existía mujer más prepotente y creída con la que se pudiese lidiar. Ese halo de perfección que siempre la rodeaba.

Y tuvo que ser ella la que ese día se colocó delante de mi para hacer los ejercicios de calentamiento. En primera línea, como siempre, pasó por mi lado dejando un rastro de perfume que podría cobrarte solo por olerlo, me miró por encima del hombro con desprecio, y me sonrió falsamente con sus labios pintados de rojo glam.

No podía dejar de mirarla, como cuando no puedes dejar de mirar algo que te repele, solo por el morbo de sentir ese asco en tu interior. Allí estaba ella, brazos arriba, vuelta, inclinación adelante, vuelta, salto, sonrisa, mirada a su propio reflejo en el espejo para admirarse las formas, inclinación atrás, vuelta, brazos de nuevo arriba.... Martina, como te odio.... inclinación adelante..... y fue en ese preciso momento, y no en otro, cuando baje la vista y me quedé embelesada con su culo.

Un culo perfecto. Como todo en esa odiosa niñata. Respingón, redondo, perfecto para abarcarlo con las manos. Con una hendidura profunda que marcaban las mallas y que invitaba a imaginar que tipo de ropa interior llevaría. Que prenda rozaría su sexo. Como una mano, perfectamente podría masturbarla después de acariciar su nalga derecha, llevando los dedos por la suave curva inferior, arrastrando hacia adentro, por en medio de sus piernas y llegando a su coño...

Salí de mi ensoñación solo para descubrir que ya había pasado una hora y la clase se acababa. No me lo podía creer, ¡yo! ¡la mujer más heterosexual del mundo! ¡la perfecta novia de mi perfecto novio, con el que tenía el sexo más placentero del mundo!¡la mujer que había llegado a correrse solo de chúparsela a su chico! ¡Me estaba imaginando como sería hacérselo a la zorra de Martina!

No lo podía creer pero me encontré siguiéndola hacia su sesión de cardio. Era la última hora y el gimnasio estaba casi desierto, solo quedaban los pobres proletarios que salen tarde de trabajar, y como yo, se consuelan pensando que pueden ser más hermosos con una hora al día de ejercicio. Y ella. Martina y su estúpida manía de destacar por encima de los demás.

Ella se subió a la bicicleta elíptica, y yo detrás, en la cinta, corriendo, seguía mirándole el trasero. Solo podía pensar que en ese ángulo se apreciaba mejor su maravilloso culo. El subir y bajar de sus nalgas me tenía hipnotizada. Como se marcaban las braguitas cada vez que subía una pierna me estaba poniendo malísima.

Tardó media hora en acabar. Y se fue a las duchas. Yo me quedé cinco minutos más corriendo para tranquilizarme y poder pensar con claridad. No podía seguir pensando en el culo de esa tía cuando en casa me esperaba Darío. Pero tuve que parar porque me moría de calor, y no precisamente del ejercicio. Pude notar en cuanto dejé de respirar con dificultad, que tenía la entrepierna humedecida. Y me enfadé conmigo, con Martina, y con las tremendas ganas que tenía de follarla.

Así que fui a las duchas, y esperé a que las últimas marujas se marcharan del vestidor. Sabía que la señorita Martina se quedaría la última, casi al cierre, porque puede tardar una eternidad en arreglarse antes de salir a la calle.
Me desnudé, cogí mi toalla y mis horribles chanclas lilas y me presenté delante de la única ducha en funcionamiento. La silueta a través de las puertas difusas se presentaba deliciosa.
Abrí, y allí estaba el cuerpo desnudo de Martina, con el agua cayendo suavemente por toda su piel. Toda ella bronceada, sin una línea blanca. Todo piel suave, sin imperfecciones. Solo con una marca distintiva, un lunar. Justo en el lugar donde la espalda pierde su nombre.

No pude más y me dejé caer sobre mis rodillas. Me fallaron, no puedo negarlo. Mi idea original era darle un pequeño escarmiento, pero algo dentro de mi se derrumbó ante su fría belleza. Y delante de mis ojos, al nivel perfecto, estaba el objeto de mi deseo.
Aquello por lo que mi ropa interior se había mojado de una forma que jamás lo había hecho. No me pude controlar. En cuestión de segundos, agarré sus nalgas con mis manos abiertas, y separándolas, clavé mi boca en la hendidura de su culo.

A pesar de que solo oí un débil gemido entre protesta y sorpresa, la sensación fue gloriosa. Mi lengua acarició las rugosidades y encontró su lugar en la humedad de su coño. Con mis labios besé los suyos, suaves, como si fueran los de una niña. El agua de la ducha se confundía con su humedad y se derramaba por mi boca, hacia mis pechos cuesta abajo. Solo un par de lamidas para dejarla estática, y besé con devoción sus nalgas, lentamente, pasando mi boca mojada por su piel. Dejando marcas de mis dientes en algunos lugares.

La acaricié, queriendo grabar en mi mente cada uno de sus recobecos. Mis dedos comenzaron a trabajar, como si estuviesen hechos para su sexo. Descubrí su clítoris, hinchado y expectante por ser tocado. En círculos, la masturbé suavemente, mientras no dejaba de besar sus nalgas. Oí claramente un gemido. Ronco y lleno de deseo. Fue entonces cuando la penetré. Primero con un dedo, pero sabía que no era suficiente. El segundo le hizo compañía pronto, y mi mano izquierda por fin hizo caso a mis deseos.

Me llevé la mano entre las piernas y me acaricié para acompañarla. Mi boca se encontró de nuevo con la rugosidad de su ano. Y lamí como si me fuera en ello la vida. Ella estaba a punto y yo lo sabía. Me reconocía a mi misma en ella a punto de explotar, pero no podía dejar la tarea de exploración inacabada.
Saqué mis dedos de su coño y ella misma se dio la vuelta, porque sabía lo que iba a venir, y cuando me agarró el pelo y tiró de mi cabeza hasta su sexo, me reí por la situación de vernos. Yo de rodillas, comiéndole el coño a la zorra de Martina.

Volví mis atenciones a su clítoris, besándolo con reverencia, succionándolo con mis labios, lamiéndolo en toda su extensión. Lo sentí crecer en ella. Como se tensaban los músculos de su vientre. Y de nuevo mis dedos la atacaron sin compasión.

Martina gritó al correrse en mi boca, y yo, ocupada en beber de ella, hice de mi orgasmo algo mucho más íntimo y silencioso.

Cayó sentada en el suelo, abierta de piernas, mirándome con una expresión de sorpresa y satisfacción en su rostro, mientras el agua deshacía ya por completo su trabajo en la peluquería.

Me levanté, y sin dirigirle la palabra, le sonreí como mil veces me había hecho ella, con la ceja alzada y llena de falsedad.

Cuando acababa de vestirme y recogía mis cosas, ella aún no había vuelto, y seguía sonando el agua de la ducha.

Le robé el rosjo glam de su bolso. Total, a una morena le queda mejor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario