Tanta pena, Señor, tenía tanta pena!
Tanta pena que solo hago que llorar y llorar, y llorar y esconderme, porque se que a nadie le gusta verme llorar.
Y me da igual escribirlo a los cuatro vientos, porque este blog se ha acabado convirtiendo en mi única via de expresión, porque no me queda otra que explicarselo a una pantalla en blanco, que es la única que me escucha y se preocupa por mi, y eso es muy triste.
Yo tenía mis amigos, yo tenía a esos tres que quería más que a nada, y solo confiaba de verdad en uno, en mi príncipe, pero ya no. Yo lo encontré por casualidad y se ganó toda mi sinceridad y mi confianza, y yo pensaba que me había ganado la suya, y resulta que me ha acabado apartando de su vida porque cometí el grandísimo error de enamorarme de él. Ojalá nunca hubiera pasado, ojalá, como pedía a Dios todas las noches, me hubiera arrancado el corazón y me hubiera dejado vacía. Ojalá. Ojalá no hubiera llegado a esto.
Y fui estúpida, y me sentía estúpida, cuando quise alejarlo de mi para que se me pasase, porque quería ser su amiga, quería serlo por encima de todas las cosas.
Y cuando volví ya no estaba. Ya no me quería, ya no era nadie para él.
Y eso no se hace, no se puede ganar a una persona, no puedes hacer que confie en ti como en nadie, y confiar tu en ella, y con el paso del tiempo abandonarla.
Yo solo quería que me cuidaras como cuidabas a tus otros amigos, yo solo quería que me trataras bien. Yo solo quería que nunca me olvidaras.
Pero me empezaste a tratar como yo trato a la gente que no me interesa, a darme de lado, y a no dejarme entrar en tu vida. Y yo lo notaba. Y estoy muy triste por eso.
He intentado ser mejor para ti, que te rieras conmigo, que te sinteras bien, y lo único que he conseguido es sentirme ridícula, humillada y patética.
Y ahora estoy sin fueras ya, despues de pasar cuatro horas y media sin parar de llorar. Me duele la cabeza, me duelen los ojos, me duele hasta el alma.
No tengo ni fueras para despedirme ni para seguir. Así que me quedaré aquí, impotente, viendote cada vez mas lejos y reprochándome siempre el haberme enamorado.
Te juro que es lo peor que me podía haber pasado, y si pudiera, lo borraría de mi cabeza y de la tuya. Aunque quien sabe, quizá todo habría acabado igual.
viernes, 29 de enero de 2010
miércoles, 20 de enero de 2010
Martina
Martina y sus zapatillas de ballet. Martina y esas mallas de color negro. Martina y esa camiseta tan holgada que poco o nada dejaba a la imaginación cuando se movía.
De entre todas las mujeres del mundo. Tuvo que ser Martina.
Era la única en todo el gimnasio que entraba a las clases de ballet maquillada, mirando a todos con desprecio y valiéndose solo de su hermosa figura para destacar.
Lo cierto es que la odiaba. La odiaba con todo el alma. Esa rubia melena y esos ojos azules, tan enormes y hermosos. Ese cuerpo tan fibroso y bien proporcionado, que solo una herencia genética podría dar.
Con un movimiento de caderas ella podría conquistar el mundo. Y a los dos segundos el mundo se volvería en contra, pues no existía mujer más prepotente y creída con la que se pudiese lidiar. Ese halo de perfección que siempre la rodeaba.
Y tuvo que ser ella la que ese día se colocó delante de mi para hacer los ejercicios de calentamiento. En primera línea, como siempre, pasó por mi lado dejando un rastro de perfume que podría cobrarte solo por olerlo, me miró por encima del hombro con desprecio, y me sonrió falsamente con sus labios pintados de rojo glam.
No podía dejar de mirarla, como cuando no puedes dejar de mirar algo que te repele, solo por el morbo de sentir ese asco en tu interior. Allí estaba ella, brazos arriba, vuelta, inclinación adelante, vuelta, salto, sonrisa, mirada a su propio reflejo en el espejo para admirarse las formas, inclinación atrás, vuelta, brazos de nuevo arriba.... Martina, como te odio.... inclinación adelante..... y fue en ese preciso momento, y no en otro, cuando baje la vista y me quedé embelesada con su culo.
Un culo perfecto. Como todo en esa odiosa niñata. Respingón, redondo, perfecto para abarcarlo con las manos. Con una hendidura profunda que marcaban las mallas y que invitaba a imaginar que tipo de ropa interior llevaría. Que prenda rozaría su sexo. Como una mano, perfectamente podría masturbarla después de acariciar su nalga derecha, llevando los dedos por la suave curva inferior, arrastrando hacia adentro, por en medio de sus piernas y llegando a su coño...
Salí de mi ensoñación solo para descubrir que ya había pasado una hora y la clase se acababa. No me lo podía creer, ¡yo! ¡la mujer más heterosexual del mundo! ¡la perfecta novia de mi perfecto novio, con el que tenía el sexo más placentero del mundo!¡la mujer que había llegado a correrse solo de chúparsela a su chico! ¡Me estaba imaginando como sería hacérselo a la zorra de Martina!
No lo podía creer pero me encontré siguiéndola hacia su sesión de cardio. Era la última hora y el gimnasio estaba casi desierto, solo quedaban los pobres proletarios que salen tarde de trabajar, y como yo, se consuelan pensando que pueden ser más hermosos con una hora al día de ejercicio. Y ella. Martina y su estúpida manía de destacar por encima de los demás.
Ella se subió a la bicicleta elíptica, y yo detrás, en la cinta, corriendo, seguía mirándole el trasero. Solo podía pensar que en ese ángulo se apreciaba mejor su maravilloso culo. El subir y bajar de sus nalgas me tenía hipnotizada. Como se marcaban las braguitas cada vez que subía una pierna me estaba poniendo malísima.
Tardó media hora en acabar. Y se fue a las duchas. Yo me quedé cinco minutos más corriendo para tranquilizarme y poder pensar con claridad. No podía seguir pensando en el culo de esa tía cuando en casa me esperaba Darío. Pero tuve que parar porque me moría de calor, y no precisamente del ejercicio. Pude notar en cuanto dejé de respirar con dificultad, que tenía la entrepierna humedecida. Y me enfadé conmigo, con Martina, y con las tremendas ganas que tenía de follarla.
Así que fui a las duchas, y esperé a que las últimas marujas se marcharan del vestidor. Sabía que la señorita Martina se quedaría la última, casi al cierre, porque puede tardar una eternidad en arreglarse antes de salir a la calle.
Me desnudé, cogí mi toalla y mis horribles chanclas lilas y me presenté delante de la única ducha en funcionamiento. La silueta a través de las puertas difusas se presentaba deliciosa.
Abrí, y allí estaba el cuerpo desnudo de Martina, con el agua cayendo suavemente por toda su piel. Toda ella bronceada, sin una línea blanca. Todo piel suave, sin imperfecciones. Solo con una marca distintiva, un lunar. Justo en el lugar donde la espalda pierde su nombre.
No pude más y me dejé caer sobre mis rodillas. Me fallaron, no puedo negarlo. Mi idea original era darle un pequeño escarmiento, pero algo dentro de mi se derrumbó ante su fría belleza. Y delante de mis ojos, al nivel perfecto, estaba el objeto de mi deseo.
Aquello por lo que mi ropa interior se había mojado de una forma que jamás lo había hecho. No me pude controlar. En cuestión de segundos, agarré sus nalgas con mis manos abiertas, y separándolas, clavé mi boca en la hendidura de su culo.
A pesar de que solo oí un débil gemido entre protesta y sorpresa, la sensación fue gloriosa. Mi lengua acarició las rugosidades y encontró su lugar en la humedad de su coño. Con mis labios besé los suyos, suaves, como si fueran los de una niña. El agua de la ducha se confundía con su humedad y se derramaba por mi boca, hacia mis pechos cuesta abajo. Solo un par de lamidas para dejarla estática, y besé con devoción sus nalgas, lentamente, pasando mi boca mojada por su piel. Dejando marcas de mis dientes en algunos lugares.
La acaricié, queriendo grabar en mi mente cada uno de sus recobecos. Mis dedos comenzaron a trabajar, como si estuviesen hechos para su sexo. Descubrí su clítoris, hinchado y expectante por ser tocado. En círculos, la masturbé suavemente, mientras no dejaba de besar sus nalgas. Oí claramente un gemido. Ronco y lleno de deseo. Fue entonces cuando la penetré. Primero con un dedo, pero sabía que no era suficiente. El segundo le hizo compañía pronto, y mi mano izquierda por fin hizo caso a mis deseos.
Me llevé la mano entre las piernas y me acaricié para acompañarla. Mi boca se encontró de nuevo con la rugosidad de su ano. Y lamí como si me fuera en ello la vida. Ella estaba a punto y yo lo sabía. Me reconocía a mi misma en ella a punto de explotar, pero no podía dejar la tarea de exploración inacabada.
Saqué mis dedos de su coño y ella misma se dio la vuelta, porque sabía lo que iba a venir, y cuando me agarró el pelo y tiró de mi cabeza hasta su sexo, me reí por la situación de vernos. Yo de rodillas, comiéndole el coño a la zorra de Martina.
Volví mis atenciones a su clítoris, besándolo con reverencia, succionándolo con mis labios, lamiéndolo en toda su extensión. Lo sentí crecer en ella. Como se tensaban los músculos de su vientre. Y de nuevo mis dedos la atacaron sin compasión.
Martina gritó al correrse en mi boca, y yo, ocupada en beber de ella, hice de mi orgasmo algo mucho más íntimo y silencioso.
Cayó sentada en el suelo, abierta de piernas, mirándome con una expresión de sorpresa y satisfacción en su rostro, mientras el agua deshacía ya por completo su trabajo en la peluquería.
Me levanté, y sin dirigirle la palabra, le sonreí como mil veces me había hecho ella, con la ceja alzada y llena de falsedad.
Cuando acababa de vestirme y recogía mis cosas, ella aún no había vuelto, y seguía sonando el agua de la ducha.
Le robé el rosjo glam de su bolso. Total, a una morena le queda mejor.
De entre todas las mujeres del mundo. Tuvo que ser Martina.
Era la única en todo el gimnasio que entraba a las clases de ballet maquillada, mirando a todos con desprecio y valiéndose solo de su hermosa figura para destacar.
Lo cierto es que la odiaba. La odiaba con todo el alma. Esa rubia melena y esos ojos azules, tan enormes y hermosos. Ese cuerpo tan fibroso y bien proporcionado, que solo una herencia genética podría dar.
Con un movimiento de caderas ella podría conquistar el mundo. Y a los dos segundos el mundo se volvería en contra, pues no existía mujer más prepotente y creída con la que se pudiese lidiar. Ese halo de perfección que siempre la rodeaba.
Y tuvo que ser ella la que ese día se colocó delante de mi para hacer los ejercicios de calentamiento. En primera línea, como siempre, pasó por mi lado dejando un rastro de perfume que podría cobrarte solo por olerlo, me miró por encima del hombro con desprecio, y me sonrió falsamente con sus labios pintados de rojo glam.
No podía dejar de mirarla, como cuando no puedes dejar de mirar algo que te repele, solo por el morbo de sentir ese asco en tu interior. Allí estaba ella, brazos arriba, vuelta, inclinación adelante, vuelta, salto, sonrisa, mirada a su propio reflejo en el espejo para admirarse las formas, inclinación atrás, vuelta, brazos de nuevo arriba.... Martina, como te odio.... inclinación adelante..... y fue en ese preciso momento, y no en otro, cuando baje la vista y me quedé embelesada con su culo.
Un culo perfecto. Como todo en esa odiosa niñata. Respingón, redondo, perfecto para abarcarlo con las manos. Con una hendidura profunda que marcaban las mallas y que invitaba a imaginar que tipo de ropa interior llevaría. Que prenda rozaría su sexo. Como una mano, perfectamente podría masturbarla después de acariciar su nalga derecha, llevando los dedos por la suave curva inferior, arrastrando hacia adentro, por en medio de sus piernas y llegando a su coño...
Salí de mi ensoñación solo para descubrir que ya había pasado una hora y la clase se acababa. No me lo podía creer, ¡yo! ¡la mujer más heterosexual del mundo! ¡la perfecta novia de mi perfecto novio, con el que tenía el sexo más placentero del mundo!¡la mujer que había llegado a correrse solo de chúparsela a su chico! ¡Me estaba imaginando como sería hacérselo a la zorra de Martina!
No lo podía creer pero me encontré siguiéndola hacia su sesión de cardio. Era la última hora y el gimnasio estaba casi desierto, solo quedaban los pobres proletarios que salen tarde de trabajar, y como yo, se consuelan pensando que pueden ser más hermosos con una hora al día de ejercicio. Y ella. Martina y su estúpida manía de destacar por encima de los demás.
Ella se subió a la bicicleta elíptica, y yo detrás, en la cinta, corriendo, seguía mirándole el trasero. Solo podía pensar que en ese ángulo se apreciaba mejor su maravilloso culo. El subir y bajar de sus nalgas me tenía hipnotizada. Como se marcaban las braguitas cada vez que subía una pierna me estaba poniendo malísima.
Tardó media hora en acabar. Y se fue a las duchas. Yo me quedé cinco minutos más corriendo para tranquilizarme y poder pensar con claridad. No podía seguir pensando en el culo de esa tía cuando en casa me esperaba Darío. Pero tuve que parar porque me moría de calor, y no precisamente del ejercicio. Pude notar en cuanto dejé de respirar con dificultad, que tenía la entrepierna humedecida. Y me enfadé conmigo, con Martina, y con las tremendas ganas que tenía de follarla.
Así que fui a las duchas, y esperé a que las últimas marujas se marcharan del vestidor. Sabía que la señorita Martina se quedaría la última, casi al cierre, porque puede tardar una eternidad en arreglarse antes de salir a la calle.
Me desnudé, cogí mi toalla y mis horribles chanclas lilas y me presenté delante de la única ducha en funcionamiento. La silueta a través de las puertas difusas se presentaba deliciosa.
Abrí, y allí estaba el cuerpo desnudo de Martina, con el agua cayendo suavemente por toda su piel. Toda ella bronceada, sin una línea blanca. Todo piel suave, sin imperfecciones. Solo con una marca distintiva, un lunar. Justo en el lugar donde la espalda pierde su nombre.
No pude más y me dejé caer sobre mis rodillas. Me fallaron, no puedo negarlo. Mi idea original era darle un pequeño escarmiento, pero algo dentro de mi se derrumbó ante su fría belleza. Y delante de mis ojos, al nivel perfecto, estaba el objeto de mi deseo.
Aquello por lo que mi ropa interior se había mojado de una forma que jamás lo había hecho. No me pude controlar. En cuestión de segundos, agarré sus nalgas con mis manos abiertas, y separándolas, clavé mi boca en la hendidura de su culo.
A pesar de que solo oí un débil gemido entre protesta y sorpresa, la sensación fue gloriosa. Mi lengua acarició las rugosidades y encontró su lugar en la humedad de su coño. Con mis labios besé los suyos, suaves, como si fueran los de una niña. El agua de la ducha se confundía con su humedad y se derramaba por mi boca, hacia mis pechos cuesta abajo. Solo un par de lamidas para dejarla estática, y besé con devoción sus nalgas, lentamente, pasando mi boca mojada por su piel. Dejando marcas de mis dientes en algunos lugares.
La acaricié, queriendo grabar en mi mente cada uno de sus recobecos. Mis dedos comenzaron a trabajar, como si estuviesen hechos para su sexo. Descubrí su clítoris, hinchado y expectante por ser tocado. En círculos, la masturbé suavemente, mientras no dejaba de besar sus nalgas. Oí claramente un gemido. Ronco y lleno de deseo. Fue entonces cuando la penetré. Primero con un dedo, pero sabía que no era suficiente. El segundo le hizo compañía pronto, y mi mano izquierda por fin hizo caso a mis deseos.
Me llevé la mano entre las piernas y me acaricié para acompañarla. Mi boca se encontró de nuevo con la rugosidad de su ano. Y lamí como si me fuera en ello la vida. Ella estaba a punto y yo lo sabía. Me reconocía a mi misma en ella a punto de explotar, pero no podía dejar la tarea de exploración inacabada.
Saqué mis dedos de su coño y ella misma se dio la vuelta, porque sabía lo que iba a venir, y cuando me agarró el pelo y tiró de mi cabeza hasta su sexo, me reí por la situación de vernos. Yo de rodillas, comiéndole el coño a la zorra de Martina.
Volví mis atenciones a su clítoris, besándolo con reverencia, succionándolo con mis labios, lamiéndolo en toda su extensión. Lo sentí crecer en ella. Como se tensaban los músculos de su vientre. Y de nuevo mis dedos la atacaron sin compasión.
Martina gritó al correrse en mi boca, y yo, ocupada en beber de ella, hice de mi orgasmo algo mucho más íntimo y silencioso.
Cayó sentada en el suelo, abierta de piernas, mirándome con una expresión de sorpresa y satisfacción en su rostro, mientras el agua deshacía ya por completo su trabajo en la peluquería.
Me levanté, y sin dirigirle la palabra, le sonreí como mil veces me había hecho ella, con la ceja alzada y llena de falsedad.
Cuando acababa de vestirme y recogía mis cosas, ella aún no había vuelto, y seguía sonando el agua de la ducha.
Le robé el rosjo glam de su bolso. Total, a una morena le queda mejor.
lunes, 18 de enero de 2010
A puerta cerrada
Hoy es un mal día. Gris, triste, sin esperanzas.
Hoy veo un mundo en el que no me apetece vivir. No se que hacer en él. Hoy soy el corazón roto de Jack.
No me apetece ser buena ni comprensiva. No quiero sonreir sin ganas, ni hacer que los demás se sientan mejor. No quiero que nadie sea feliz si yo no lo soy.
No quiero tiernas palabras ni caricias que nunca he querido.
Quiero una bofetada con la mano abierta, para poder volverme contra el que me la de. Para poder devolver el daño que me han hecho.
Hoy diré, "mañana el sol no saldrá, todo se quedará en penumbras y haré de la oscuridad mi reinado"
Hoy todo es malo y nadie lo puede cambiar. No quiero que nadie lo cambie.
No quiero pensar, no quiero hablar. No quiero que todo se solucione. Todo está lleno de veneno, rebosa por mis poros y la pozoña mata.
Solo quiero que se acabe el mundo. Vuelvo a ser una adolescente que no encuentra su lugar el la vida. Nunca crecí, o lo hice demasiado deprisa. Soy amiga de la soledad, de hecho, me estoy convirtiendo en ella... cuando todos te abandonan, soy la única que queda.
A puerta cerrada, está es mi hora más oscura. Aprended pues, que también vivo con ella. Soy la sonrisa falsa de Jack. Nunca sabrás si todo lo demás es fachada.
Hoy veo un mundo en el que no me apetece vivir. No se que hacer en él. Hoy soy el corazón roto de Jack.
No me apetece ser buena ni comprensiva. No quiero sonreir sin ganas, ni hacer que los demás se sientan mejor. No quiero que nadie sea feliz si yo no lo soy.
No quiero tiernas palabras ni caricias que nunca he querido.
Quiero una bofetada con la mano abierta, para poder volverme contra el que me la de. Para poder devolver el daño que me han hecho.
Hoy diré, "mañana el sol no saldrá, todo se quedará en penumbras y haré de la oscuridad mi reinado"
Hoy todo es malo y nadie lo puede cambiar. No quiero que nadie lo cambie.
No quiero pensar, no quiero hablar. No quiero que todo se solucione. Todo está lleno de veneno, rebosa por mis poros y la pozoña mata.
Solo quiero que se acabe el mundo. Vuelvo a ser una adolescente que no encuentra su lugar el la vida. Nunca crecí, o lo hice demasiado deprisa. Soy amiga de la soledad, de hecho, me estoy convirtiendo en ella... cuando todos te abandonan, soy la única que queda.
A puerta cerrada, está es mi hora más oscura. Aprended pues, que también vivo con ella. Soy la sonrisa falsa de Jack. Nunca sabrás si todo lo demás es fachada.
lunes, 11 de enero de 2010
Tropezar con la misma piedra de siempre
Porque no te lo pienso decir ni siquiera a la cara:
Es la última vez que me haces esto. Te he perdonado una detrás de otra, sin importarme cuan grandes o cuan feas fueran las situaciones.
La mayor parte del tiempo he pensado que debía dejar pasar esas situaciones porque te debía algo, pero creo que esto ya ha sido un abuso de confianza.
Sobretodo por la manera en la que en teoria "nos conocemos".
Han sido una detrás de otra, y todas del mismo estilo. Y yo siempre, siempre, siempre, te he justificado. Como es normal, si tienes un problema con un amigo, antes de tomar una decisión quieres saber otro punto de vista. Todas y cada una de las veces que me has dejado tirada con cualquier mala excusa, te he justificado delante de los demás. YO. Que era a la que habían dejado.
Y siempre volvía contigo. Porque te quería a morir. Y porque has sido un buen amigo. Pero echando la vista atrás, me doy cuenta de muchas cosas. Has sido un muy buen amigo cuando las cosas han ido bien. Cuando no han ido tan bien has estado ahí, porque no te quedaba otro remedio. Porque he sido yo la que te ha llamado en medio de un mar de lágrimas, y los diez primeros minutos de conversación lo has llevado muy bien. Los demás se notaban que era un aguantar hasta que acabe. Y lo se perfectamente porque yo he hecho lo mismo otras veces con otras personas. Pero yo se fingir mejor que tu. Por eso seguía contándote mis movidas, pero solo un poco, y por encima.
Y sabiendo lo que sabes. Sabiendo todo lo que sabes, me destrozas la única ilusión que me estaba moviendo. Lo ajusto todo en torno a ti, como siempre, y 15 minutos antes, BUSCAS QUE YO ME LO CARGUE TODO PARA NO SENTIRTE CULPABLE. Porque eso es lo que has echo. Y lo sabes perfectamente, porque si no, no estarías como estás. Yo odio sentirme culpable. Pero se perfectamente que tu más. Muchísimo más. Necesitas estar bien con todo el mundo. Necesitas su aprobación como el aire que respiras.
Pero te juro por dios, y yo nunca juro por eso, que la mia, en esto, no la vas a tener.
Crece. Madura. Empatiza. Y aprende a tener tu opinión sin importarte la aprobación de los demás.
Y te va a costar horrores, porque la vida te ha tratado muy bien hasta ahora. Guapo, listo, simpático y con dinero. Y si nos ponemos a pensar, con la vida prácticamente solucionada desde la cuna.
Pero a mi todo eso ya no me camela, si es que lo hizo alguna vez. Yo se como eres por dentro, y se como vas a acabar. Feliz en tu ignorancia. Porque ya no soy parte de tu séquito de adoradores. Porque me has decepcionado profundamente.
Es la última vez que me haces esto. Te he perdonado una detrás de otra, sin importarme cuan grandes o cuan feas fueran las situaciones.
La mayor parte del tiempo he pensado que debía dejar pasar esas situaciones porque te debía algo, pero creo que esto ya ha sido un abuso de confianza.
Sobretodo por la manera en la que en teoria "nos conocemos".
Han sido una detrás de otra, y todas del mismo estilo. Y yo siempre, siempre, siempre, te he justificado. Como es normal, si tienes un problema con un amigo, antes de tomar una decisión quieres saber otro punto de vista. Todas y cada una de las veces que me has dejado tirada con cualquier mala excusa, te he justificado delante de los demás. YO. Que era a la que habían dejado.
Y siempre volvía contigo. Porque te quería a morir. Y porque has sido un buen amigo. Pero echando la vista atrás, me doy cuenta de muchas cosas. Has sido un muy buen amigo cuando las cosas han ido bien. Cuando no han ido tan bien has estado ahí, porque no te quedaba otro remedio. Porque he sido yo la que te ha llamado en medio de un mar de lágrimas, y los diez primeros minutos de conversación lo has llevado muy bien. Los demás se notaban que era un aguantar hasta que acabe. Y lo se perfectamente porque yo he hecho lo mismo otras veces con otras personas. Pero yo se fingir mejor que tu. Por eso seguía contándote mis movidas, pero solo un poco, y por encima.
Y sabiendo lo que sabes. Sabiendo todo lo que sabes, me destrozas la única ilusión que me estaba moviendo. Lo ajusto todo en torno a ti, como siempre, y 15 minutos antes, BUSCAS QUE YO ME LO CARGUE TODO PARA NO SENTIRTE CULPABLE. Porque eso es lo que has echo. Y lo sabes perfectamente, porque si no, no estarías como estás. Yo odio sentirme culpable. Pero se perfectamente que tu más. Muchísimo más. Necesitas estar bien con todo el mundo. Necesitas su aprobación como el aire que respiras.
Pero te juro por dios, y yo nunca juro por eso, que la mia, en esto, no la vas a tener.
Crece. Madura. Empatiza. Y aprende a tener tu opinión sin importarte la aprobación de los demás.
Y te va a costar horrores, porque la vida te ha tratado muy bien hasta ahora. Guapo, listo, simpático y con dinero. Y si nos ponemos a pensar, con la vida prácticamente solucionada desde la cuna.
Pero a mi todo eso ya no me camela, si es que lo hizo alguna vez. Yo se como eres por dentro, y se como vas a acabar. Feliz en tu ignorancia. Porque ya no soy parte de tu séquito de adoradores. Porque me has decepcionado profundamente.
lunes, 4 de enero de 2010
¿Qué quieren las mujeres?
Que nos tengan en cuenta. Que nos escuchen. Que nos adoren en secreto. Que nos sigan sin parecer desesperados. Que nos hagan caso sin poner tantas pegas. Que nos hagan reír cuando no tenemos ganas ni de sonreir. Que nos llamen a las tantas de la noche solo para oir nuestra voz. Que nos den nuestro espacio cuando no queremos verlos. Que nos queiran y nos mimen cuando estamos en esos dolorosos días del mes. Que comprendan nuestros, a veces, muy repentinos, cambios de humor. Que nos apoyen en nuestras decisiones. Que discutan con nosotras cuando algo no les parece bien. Que cedan cuando tienen que ceder. Que pregunten el camino de una vez cuando se han perdido. Que demuestren sus emociones de tanto en tanto. Que no nos juzguen por mostrar las nuestras. Que sean nuestros amigos cuando queremos que sean nuestros amigos. Que sean nuestros amantes cuando deben serlo y no cuando quieren serlo. Que no juzguen unos labios pintados de rojo como una provocación. Que abran un poco su mente a los cambios. Que sean parte de nosotras. Que nos dejen ser parte de ellos. Que sean nuestra antítesis. Que sean nuestro complemento. Que aprecien los pequeños detalles. Que sepan hacer pequeños detalles. Que nos amen. Que nos respeten. Que estén ahí para nosotras. Que no se avergüencen de ir con una rosa por la calle. Que sean ellos mismos. Que sean completamente diferentes. Que jueguen. Que vivan. Que hagan lo que mejor saben hacer. Que intenten lo que aun no han intentado. Que se comprometan. Que se aclaren. Que hagan el maldito esfuerzo.... nosotras lo hemos hecho.
No es para tanto, ¿no?
No es para tanto, ¿no?
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