Cuántos de nosotros hemos sentido la ira en nuestro cuerpo?
Muchos dirán; no! yo no! Yo soy un ser angelical y amante de todas y cada una de las criaturas de este mundo y jamás podría sentir un enfado tal que desembocara en un ataque de ira.
Bien. Bueno. Lamento decirle a estas almas caritativas que no las creo. Y a parte de eso, que son unos mentirosos.
Puede que no hayan sentido la ira hasta el punto de un ataque homicida, pero si han sentido como nacía, en el fondo de su pecho, e iba creciendo poco a poco, calentando todas las fibras del cuerpo hasta llegar a la garganta, y explotar. En mayor o menor medida, pero ese es el sentimiento más humano que he conocido hasta ahora. Todos los demás están maquillados por algo, pero este es primitivo, es el más natural, y sin duda el más peligroso si no se sabe lidiar con él.
La ira nace del miedo y del dolor, y es por eso que quizá deberíamos ponernos en la piel de la persona que tenemos delante, que está gritando o nos está dando una mala contestación y que quizá no es en absoluto su intención, pero que por motivos de los que no tenemos ni idea, no sabe como llevar ese cúmulo de sentimientos.
Quizá ha sido despedido. Quizá le acusa una enfermedad. Quizá es un corazón roto, o simplemente no puede llegar a fin de mes. Nadie sabe nada de nadie. Por lo que en nuestra feliz utopía, deberíamos poder ser lo suficientemente maduros para ponernos en la situación de otra persona, y vivir un poco en su piel.
Pero es mucho más fácil juzgar. Y poner etiquetas. "El borde". "La cabreada" "El susceptible". Es mucho más fácil hablar con ironía y juzgar a todos aquellos que no piensan como uno mismo. Pero si podemos esperar que todos los demás lo hagan por nosotros. ¿Verdad?
No podemos aceptar la toxicidad de otras personas, pero esperamos alegremente que la nuestra sea aceptada sin ninguna razón.
Somos unos hipócritas que muy poco saben de la vida y esperan que todo les vaya bien sin dar nada a cambio.
Esto no es en absoluto de lo que quería hablar, pero una cosa me ha llevado a la otra. Quizá es que la pesadez del pecho me ha hecho hablar de otros, y todo por no estallar en ese inminente... ataque de ira.
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