Dejando atrás los cálidos rayos de sol que me calentaban en el avión, Londres me recibía huraña, como recién despertada de una siesta de la que no había obtenido descanso.
Por las calles, entre el bullicio de los turistas recién llegados con la nariz pegada a un mapa y los residentes de la ciudad, con prisas y mirada al frente, me dirijo al hotel pensando cual es la razón que siempre me lleva a escoger los establecimientos que están al final de una calle interminable.
Después de una pequeña discusión con el recepcionista paquistaní (pronto descubriría que el 90% de los hoteles están dirigidos por ellos), una pequeña parada en la habitación para adecentarme. Estoy invitada a una exposición de arte.
Dejo el hotel y me interno en los famosos metros de la ciudad, sorprendentemente caros e incomodamente pequeños comparados con los de mi ciudad condal. Al llegar a destino y salir a la calle, no me sorprende que llueva, pero mentalmente me doy una cachetada por haber dejado mi paraguas en el coche, que está comodamente aparcado en el aeropuerto. Diez minutos andando, la cachetada es casi una autofustigación. Mi maquillaje ha desaparecido, mi pelo es una maraña de rizos impertinentes y mi ropa está empapada.
En la exposición concreto tres cosas:
1 - no me gustan nada las obras expuestas
2 - es curioso que entienda mucho mejor el inglés de los que no son ingleses (en realidad no es tan curioso, es que pronunciamos igual de mal)
3 - me gusta ese ambiente
A pesar de que voy en calidad de acompañante-traductora, encuentro fascinante estar rodeada de artistas, aunque personalmente, considero aútenticos a unos pocos. Hablar con ellos de nuestras pasiones es gratificante. Me denomino a mi misma "escritora", y cuando hablo de mis obras, veo curiosidad y aceptación. Un estamos-entre-colegas que es un secreto a voces.
Veo muchos como yo, iniciandose en sus carreras y llenos de ilusión. Eso me hace pensar, que no estoy sola. Los comienzos son duros en este mundillo, pero hay que luchar por ser lo que quieres ser.
Salgo de allí con energias renovadas. Hay contactos ahora, quizá no sirvan para nada, pero al menos tienen mi nombre, y yo el suyo.
Al salir de allí, frente al panorama desolador de frío y llovizna me encuentro con una cara conocida. La cara que cada día hecho un poquito más de menos. Besos y abrazos. Andamos cogidos de la mano. En realidad no hay mucho que contarnos, pero agradezco su presencia. Creo que es la única persona con la que el silencio no es incómodo.
Me gustaría decirle que iré pronto, me gustaría que me dijese que me estará esperando, pero por el momento no habrán promesas. Todo debe ir por el camino que ha sido marcado.
Al día siguiente, de buena mañana, con el frío metido en el cuerpo, toca el turismo y las fotos de rigor. Nada importante. Quizá que me siento un poco más feliz y un poco más triste a la vez.
En el avión de vuelta a casa, estoy exhausta. Agradezco infinitamente el sol que entra por las ventanillas y calienta poco a poco la piel. Me adormezco con el pensamieto de que Londres es demasiado señorial para mi. También demasiado triste. De todos modos, nunca fue mi destino predilecto. La isla vecina es la que tiene todas las de ganar.
:)
ResponderEliminarLlovizna, frio y viento, no hay nada mejor para eso que una mirada de confianza, el tacto de una mano conocida, su calor, y sentirte nuevamente acompañado.
ResponderEliminarBreve pero infinitamente agradable.
Dael