lunes, 12 de enero de 2015

El mal necesario

Hace unas semanas hice una cena romántica con unos amigos. Son de esos que ves muy poco y piensas en ellos menos aún, pero siempre vuelves. Porque no entiendes por qué ni sabes como, pero te conocen como nadie.

Organizamos un picnic anticongelación. Nos fuimos a un parque, estiramos unas mantas en el cesped, estiramos otras tantas sobre nosotros, nos servimos una cena frugal, y abrimos unas botellas de vino. De buen vino. Podemos ser tacaños con la comida, pero no con un buen caldo. 

Y miramos las estrellas. ¿Cuánto hace que no os paráis a mirar las estrellas en una noche despejada? La luna llena nos regaló su sonrisa cuando venció el atardecer. Y nos acompañó una charla de la que no éramos dueños. Ni entonces ni nunca. 
Hablamos de la vida y del amor. Filosofamos sobre el manto de la noche, que cubría nuestras vergüenzas, y las mismas chorrearon por entre nuestros cálidos labios cada vez más embriagados por el vino. 

Mi reflejo en la copa hizo un comentario malicioso y reimos culpables de nuestra propia desdicha. 

- "Eres mal" dijo uno, atacando 

- "Lo sé" contesté resignada, entornando los párpados, evitando la confrontación innecesaria. Retirándome por completo de la conversación y aceptando una vez más, a regañadientes, el papel que dicen para el que he nacido.

- "Eres el mal necesario. Las palabras de la conciencia maliciosa  que todos tenemos y ninguno se atreve a pronunciar."

Levanté la mirada, y recostado sobre un brazo, mi amigo me observaba con el ceño fruncido. 

- "No dejes que los demás te hagan sentir mal por quien eres. No encajas en esta sociedad hipócrita, que marca lo bueno y lo malo, ahogando nuestros instintos más básicos en mareas de culpa y falsedad. Eres quien todos quieren ser, pero nunca encontraríamos el valor para vivir con ello. Y a la vez eres quien juzgamos por la vergüenza de desearlo en silencio."

Calló y apuró su copa. Se dejó caer en la manta y se arropó con su abrigo. Todos los demás callamos y nos encontramos conteniendo el aliento

- "Caminarás siempre sola" -  dijo al cabo de un suspiro, y seguidamente remató "y no te importará". 

Una vez resuelta la duda de si estaba muerto o no, al ver como su pecho subía y bajaba, la conversación se dispersó y el infinito se hizo el centro del universo, aunque fuera para olvidar que por unos instantes, me habían retratado como la envidia de todos y ninguno, la elegida por la vileza de la virtud. 

Yo. Era. Esa. 

La noche se hizo más fría. El vino más pesado. El hablar más torpe. 
Y yo ya no estaba.

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