Siéntate en silencio y mira el tiempo pasar a tu alrededor.
Verás como algunos llegan, saludan y se van. Como otros dan vueltas a tu alrededor como si no tuvieran idea de donde tienen que dirigirse.
Recuerda siempre, recuerda lo que te digan, porque recordar es el premio de los pacientes. Recuerda porque esa será tu arma arrojadiza. Aunque ellos no lo recuerden, tu lo harás, y sabrás que tienes razón, y ellos no.
Todos aquellos que en horas bajas alzan el puño y condenan su maldita suerte, que arrojan vanas palabras de superación, de dolor contenido, y gritan y lloran, y patalean y son el centro del mundo. Los ves masticar esas palabras y escupirlas al suelo, cuando nisiquiera se dan cuenta que lo están haciendo.
Ves al que reniega del amor, arrastrándose por unos pedazos de cariño. Ves al que condena el alcoholismo desde la barra del bar, al que alguna vez te dijo "te entiendo", pisando esas palabras con zapatos de tacón.
Todos somos o hemos sido viejos hipócritas que sonrien con dulzura al que sabemos que vamos a hacer daño de una u otra. A la mentira que vamos a contar, aunque no seamos conscientes.
Y así es que te sientes más vieja que todos y que ninguno, viéndolos venir de lejos cuando se asoman en tu vida, recorriendo el mismo camino que has recorrido tú. No los puedes avisar porque hacen oídos sordos, y pretenden engañarte haciéndote ver que son seres limpios y sinceros. Mentiras. Mentiras.
Siéntate en tu trono de oro y mira con vergüenza ajena a los que se arrastran ante ti, pidiendo perdón por su actos deshonrosos. Y no se lo concedas, pues no son merecedores de él. Ni ahora ni nunca.