jueves, 4 de agosto de 2011

Diez centímetros

Empezaré sin más preámbulos que los necesarios. Con la cruda realidad.

Cuando crees que vas a morir experimentas una agobiante sensación de nostalgia. Cuando crees que vas a morir, el tiempo y el espacio desafían las leyes de la física y se convierten en un traumático descenso a lo imposible.

La herida que empieza a manar sangre no duele, pero las caras que te miran con ojos desorbitados son las que te hacen preocupar. Los brazos que te alzan y te llevan a la carrera no son los de tus conocidos, son alambres que te sostienen temblorosos.
El cielo estrellado no es mas que una masa negra que se cierne sobre ti como un apocalípsis de preguntas sin respuesta. ¿Qué está pasando?

La herida empieza a doler, y solo tomas consciencia de la situación cuando sientes el frío. Un frío que viene desde dentro y te hace temblar sin control. No oyes, no ves, no sientes, aunque estás completamente consciente. Es todo muy rápido y demasiado lento a la vez. Entre luces blancas y batas verdes surge la segunda pregunta que te puedes hacer más o menos consciente "¿me voy a morir?¿así?"

Mientras trabajan sobre tu cuerpo, sientes presión, pinchazos y cansancio. Luchas por no dormirte mientras tu mente trabaja a toda prisa. Y piensas en cosas vanales, como quien se llevará tu coche a casa... que no vas depilada... y entonces se precipita la nostalgia y la melancolía...

"mi madre se va a poner muy triste... ¿quién la va a cuidar?"

"mi padre nunca me pudo llevar al altar..."

"no veré crecer a mis sobrinos..."

"no tendré hijos..."

"no acabaré de escribir el libro..."

"nunca conduciré un cadillac rojo por las calles de San Francisco..."

"espero que mis amigos se den cuenta de que ya no estoy...."

Pero en lo que crees que han sido horas... y en realidad han pasado minutos y una bolsa de sangre, el cuerpo empieza a entrar en calor y aunque la sensación de pérdida está ahí... la tristeza ya no es tan grande.

Ves lo tont@ que eres y lo asustad@ que estabas. No era para tanto.... por poco. Unos diez centímetros te dan la absolución.
Te quedas en una cama, mirando a un techo de pladur de color beige, oyes como las batas verdes andan tras la cortina. Ves tu ropa en una bolsa azul donde se transparenta la sangre. Alguien entra a comprobar tus constantes. No te habla ni te mira a los ojos. Trabaja de una forma mecánica y sin sentimientos.

Entra uno de tus porteadores con la camiseta manchada de sangre y te pide perdón, pero en ese momento te da igual. Las batas verdes te han contagiado su mecánica manera de actuar. Pides un móvil anhelando el contacto con tu familia. Que te lleven, que te saquen de ahí. Solo quieres dormir en tu cama y que nadie te moleste. Y cuando por fin te llevan a casa, te echas a llorar en brazos de tus seres queridos, como si se fuera a acabar el mundo.

Hablas al salir con los uniformes azules, que también son máquinas sin corazón, y te vas de nuevo al hogar, pensando en la suerte que tienes. En lo que podría haber pasado, y en lo que has sentido.
El desayuno del día siguiente es el más sabroso de toda tu vida, tus sueños son más fuertes, y sientes la imperiosa necesidad de reservar un billete a San Francisco lo antes posible.

Desde ese punto, todo excepto tu vida carece de significado. No hay crisis económica, no hay amigos que se van, no hay relaciones que salgan mal, no hay trabajo al que no quieras ir.

Estas viv@.

No hay comentarios:

Publicar un comentario