¿Es la felicidad el resultado de visualizar nuestras esperanzas y sueños?
Cielos... me acabo de sentir como Carrie Bradshaw escribiendo su columna. Aunque en realidad siempre me dicen que me parezco más a Samantha. Excepto por la libertad a la hora de hablar de sexo sin tapujos, yo no lo veo así.
De todas maneras, esa pregunta se me ha presentado como una reflexión pseudo-filosófica tras haber ordenado un poco mis bártulos, encender una barrita de incienso que prácticamente me está ahogando, sentarme en mi cama de 2 x 2 con mi portátil y ver en la esquina superior derecha, la nota que tengo a modo de post-it que reza: Sigue escribiendo! No pares!
Este momento, para mi, representa para mi la felicidad. Me gusta escribir. Me gusta sentarme en soledad, con música de fondo muy bajita, y tener algo que decir.
También es para mi la felicidad quedar con mis amigos, sentarme en la terraza de un bar a media tarde, y con un par de birras arreglar el mundo. O organizar una cena de improviso con mi familia, o ver sonreír a mis sobrinos cuando les hago pedorretas.
Por eso me preguntaba... si realmente la felicidad es algo que nosotros buscamos, que esperamos que llegue como de un resultado de un deseo que anhelamos cumplir. O es esos momentos que pasan mientras esperamos que llegue. ¿Deberíamos visualizar esos deseos, luchando por que se cumplan, o debemos disfrutar los momentos que se nos presentan inesperados, a modo de "carpe diem"? ¿O un mix entre los dos?
Quizá debería dejar de preguntarme todas estas cosas y simplemente vivir mi vida, porque me he dado cuenta de que desde un tiempo a esta parte, he estado malgastando mi vida, perdiendo el tiempo en realidad, con gente que no me merece la pena. Esperando palabras que no van a llegar, y ofuscándome intentando hacer sentir bien a otros.
Creo que no deberíamos dejar que nuestra propia felicidad dependiese de segundas personas. O terceras, o incluso cuartas. Lo que en realidad sería fantástico, sería poder dejarnos a nosotros mismos ser felices, y poder compartir ese sentimiento, ya fuese dándole la vida a un hijo, abrazando a nuestros padres y hermanos, o besando a nuestros amigos y amantes.
domingo, 7 de agosto de 2011
sábado, 6 de agosto de 2011
Extracto de "La inteligencia de las faldapas"
...
De la nada, habían aparecido tres personas que nos miraban desde los asientos que teníamos delante. Dos chicas y un chico.
Él, podría decir, era el tío más feo que he visto en mi vida, pero lo compensaba con un cuerpo de infarto. Con los ojos muy juntos, las cejas unidas en el centro, parecía que estaba a punto de echarse a llorar. La nariz apuntando al techo, mostraba unas fosas nasales en las que fácilmente se podría haber introducido sus orejas, que parecían dos escalopes de ternera.
Que estuviera rapado y cayéndole las gotas de sudor por las sienes no mejoraba el conjunto.
En cambio se veía a través de su camisa blanca, inmaculada, la ondulación de sus músculos al moverse. Bien definidos y duros a simple vista. El tipo debía ser alto, porque sus piernas sobresalían bastante del asiento, embutidas en unos pantalones de cuero negro que dejaban más bien poco a la imaginación a la altura de su ingle.
Las chicas, en cambio, eran como dos angelitos rubios. Ambas con vestiditos propios de pleno mes de agosto, con tirantes y a penas les llegaban por debajo de sus bragas, que pude apreciar... tan blancas como sus vestidos.
Bronceadas por rayos UVA (y que nadie me diga que en plena primavera el sol pega tanto) los ojos azules y labios carnosos. Me pregunté dos cosas al verlas. Que si eran rubias naturales, cosa que mas tarde descubriría, y que demonios hacían dos querubines como ellas con un tío tan horrendo.
Una ojeada más al grupo y lo comprendí. Habían traído consigo una botella de Belle Epoque de Pierre - Jouet, el champagne más caro que existe.
Dos conclusiones más. El orco de mordor estaba forrado y el club quiero-y-no-puedo tenía muy buenos contactos comerciales.
“No paréis, por favor, seguid” - dijo la rubia de la derecha con una sonrisa encantadora y un acento que no conseguí identificar.
Debí quedarme entre tonta y deslumbrada por ella, porque solo conseguí decir algo así como:
“No, si estábamos haciendo tiempo.”
El trío rió con ganas y se sirvieron la bebida mientras mi amigo y yo enrojecíamos por momentos.
Yo me sentí de lo mas pobretona cuando le di un sorbo a mi copa de vodka rebajado con limón y miré con anhelo las copas.
La otra rubia, la de la izquierda, adivinó mi mirada y se levantó con sus tacones imposibles para venir a mi lado.
“¿Quieres?” - me dijo
“¿Por que no?” - contesté sonriendo.
Y a lo que yo pensaba que iba a ser, coger su copa, dar un sorbo y devolverla, se convirtió en un - rubia da un sorbo, acerca su boca a la mía, y con una destreza impresionante, pasa el licor sin que se derrame ni una sola gota-.
En mi defensa debo decir que el champagne estaba delicioso, pero no tanto como la boca de esa mujer. Su lengua, pequeña y lasciva, jugueteaba con la mía mientras su mano libre se hacía camino entre mis piernas.
...
De la nada, habían aparecido tres personas que nos miraban desde los asientos que teníamos delante. Dos chicas y un chico.
Él, podría decir, era el tío más feo que he visto en mi vida, pero lo compensaba con un cuerpo de infarto. Con los ojos muy juntos, las cejas unidas en el centro, parecía que estaba a punto de echarse a llorar. La nariz apuntando al techo, mostraba unas fosas nasales en las que fácilmente se podría haber introducido sus orejas, que parecían dos escalopes de ternera.
Que estuviera rapado y cayéndole las gotas de sudor por las sienes no mejoraba el conjunto.
En cambio se veía a través de su camisa blanca, inmaculada, la ondulación de sus músculos al moverse. Bien definidos y duros a simple vista. El tipo debía ser alto, porque sus piernas sobresalían bastante del asiento, embutidas en unos pantalones de cuero negro que dejaban más bien poco a la imaginación a la altura de su ingle.
Las chicas, en cambio, eran como dos angelitos rubios. Ambas con vestiditos propios de pleno mes de agosto, con tirantes y a penas les llegaban por debajo de sus bragas, que pude apreciar... tan blancas como sus vestidos.
Bronceadas por rayos UVA (y que nadie me diga que en plena primavera el sol pega tanto) los ojos azules y labios carnosos. Me pregunté dos cosas al verlas. Que si eran rubias naturales, cosa que mas tarde descubriría, y que demonios hacían dos querubines como ellas con un tío tan horrendo.
Una ojeada más al grupo y lo comprendí. Habían traído consigo una botella de Belle Epoque de Pierre - Jouet, el champagne más caro que existe.
Dos conclusiones más. El orco de mordor estaba forrado y el club quiero-y-no-puedo tenía muy buenos contactos comerciales.
“No paréis, por favor, seguid” - dijo la rubia de la derecha con una sonrisa encantadora y un acento que no conseguí identificar.
Debí quedarme entre tonta y deslumbrada por ella, porque solo conseguí decir algo así como:
“No, si estábamos haciendo tiempo.”
El trío rió con ganas y se sirvieron la bebida mientras mi amigo y yo enrojecíamos por momentos.
Yo me sentí de lo mas pobretona cuando le di un sorbo a mi copa de vodka rebajado con limón y miré con anhelo las copas.
La otra rubia, la de la izquierda, adivinó mi mirada y se levantó con sus tacones imposibles para venir a mi lado.
“¿Quieres?” - me dijo
“¿Por que no?” - contesté sonriendo.
Y a lo que yo pensaba que iba a ser, coger su copa, dar un sorbo y devolverla, se convirtió en un - rubia da un sorbo, acerca su boca a la mía, y con una destreza impresionante, pasa el licor sin que se derrame ni una sola gota-.
En mi defensa debo decir que el champagne estaba delicioso, pero no tanto como la boca de esa mujer. Su lengua, pequeña y lasciva, jugueteaba con la mía mientras su mano libre se hacía camino entre mis piernas.
...
viernes, 5 de agosto de 2011
jueves, 4 de agosto de 2011
Diez centímetros
Empezaré sin más preámbulos que los necesarios. Con la cruda realidad.
Cuando crees que vas a morir experimentas una agobiante sensación de nostalgia. Cuando crees que vas a morir, el tiempo y el espacio desafían las leyes de la física y se convierten en un traumático descenso a lo imposible.
La herida que empieza a manar sangre no duele, pero las caras que te miran con ojos desorbitados son las que te hacen preocupar. Los brazos que te alzan y te llevan a la carrera no son los de tus conocidos, son alambres que te sostienen temblorosos.
El cielo estrellado no es mas que una masa negra que se cierne sobre ti como un apocalípsis de preguntas sin respuesta. ¿Qué está pasando?
La herida empieza a doler, y solo tomas consciencia de la situación cuando sientes el frío. Un frío que viene desde dentro y te hace temblar sin control. No oyes, no ves, no sientes, aunque estás completamente consciente. Es todo muy rápido y demasiado lento a la vez. Entre luces blancas y batas verdes surge la segunda pregunta que te puedes hacer más o menos consciente "¿me voy a morir?¿así?"
Mientras trabajan sobre tu cuerpo, sientes presión, pinchazos y cansancio. Luchas por no dormirte mientras tu mente trabaja a toda prisa. Y piensas en cosas vanales, como quien se llevará tu coche a casa... que no vas depilada... y entonces se precipita la nostalgia y la melancolía...
"mi madre se va a poner muy triste... ¿quién la va a cuidar?"
"mi padre nunca me pudo llevar al altar..."
"no veré crecer a mis sobrinos..."
"no tendré hijos..."
"no acabaré de escribir el libro..."
"nunca conduciré un cadillac rojo por las calles de San Francisco..."
"espero que mis amigos se den cuenta de que ya no estoy...."
Pero en lo que crees que han sido horas... y en realidad han pasado minutos y una bolsa de sangre, el cuerpo empieza a entrar en calor y aunque la sensación de pérdida está ahí... la tristeza ya no es tan grande.
Ves lo tont@ que eres y lo asustad@ que estabas. No era para tanto.... por poco. Unos diez centímetros te dan la absolución.
Te quedas en una cama, mirando a un techo de pladur de color beige, oyes como las batas verdes andan tras la cortina. Ves tu ropa en una bolsa azul donde se transparenta la sangre. Alguien entra a comprobar tus constantes. No te habla ni te mira a los ojos. Trabaja de una forma mecánica y sin sentimientos.
Entra uno de tus porteadores con la camiseta manchada de sangre y te pide perdón, pero en ese momento te da igual. Las batas verdes te han contagiado su mecánica manera de actuar. Pides un móvil anhelando el contacto con tu familia. Que te lleven, que te saquen de ahí. Solo quieres dormir en tu cama y que nadie te moleste. Y cuando por fin te llevan a casa, te echas a llorar en brazos de tus seres queridos, como si se fuera a acabar el mundo.
Hablas al salir con los uniformes azules, que también son máquinas sin corazón, y te vas de nuevo al hogar, pensando en la suerte que tienes. En lo que podría haber pasado, y en lo que has sentido.
El desayuno del día siguiente es el más sabroso de toda tu vida, tus sueños son más fuertes, y sientes la imperiosa necesidad de reservar un billete a San Francisco lo antes posible.
Desde ese punto, todo excepto tu vida carece de significado. No hay crisis económica, no hay amigos que se van, no hay relaciones que salgan mal, no hay trabajo al que no quieras ir.
Estas viv@.
Cuando crees que vas a morir experimentas una agobiante sensación de nostalgia. Cuando crees que vas a morir, el tiempo y el espacio desafían las leyes de la física y se convierten en un traumático descenso a lo imposible.
La herida que empieza a manar sangre no duele, pero las caras que te miran con ojos desorbitados son las que te hacen preocupar. Los brazos que te alzan y te llevan a la carrera no son los de tus conocidos, son alambres que te sostienen temblorosos.
El cielo estrellado no es mas que una masa negra que se cierne sobre ti como un apocalípsis de preguntas sin respuesta. ¿Qué está pasando?
La herida empieza a doler, y solo tomas consciencia de la situación cuando sientes el frío. Un frío que viene desde dentro y te hace temblar sin control. No oyes, no ves, no sientes, aunque estás completamente consciente. Es todo muy rápido y demasiado lento a la vez. Entre luces blancas y batas verdes surge la segunda pregunta que te puedes hacer más o menos consciente "¿me voy a morir?¿así?"
Mientras trabajan sobre tu cuerpo, sientes presión, pinchazos y cansancio. Luchas por no dormirte mientras tu mente trabaja a toda prisa. Y piensas en cosas vanales, como quien se llevará tu coche a casa... que no vas depilada... y entonces se precipita la nostalgia y la melancolía...
"mi madre se va a poner muy triste... ¿quién la va a cuidar?"
"mi padre nunca me pudo llevar al altar..."
"no veré crecer a mis sobrinos..."
"no tendré hijos..."
"no acabaré de escribir el libro..."
"nunca conduciré un cadillac rojo por las calles de San Francisco..."
"espero que mis amigos se den cuenta de que ya no estoy...."
Pero en lo que crees que han sido horas... y en realidad han pasado minutos y una bolsa de sangre, el cuerpo empieza a entrar en calor y aunque la sensación de pérdida está ahí... la tristeza ya no es tan grande.
Ves lo tont@ que eres y lo asustad@ que estabas. No era para tanto.... por poco. Unos diez centímetros te dan la absolución.
Te quedas en una cama, mirando a un techo de pladur de color beige, oyes como las batas verdes andan tras la cortina. Ves tu ropa en una bolsa azul donde se transparenta la sangre. Alguien entra a comprobar tus constantes. No te habla ni te mira a los ojos. Trabaja de una forma mecánica y sin sentimientos.
Entra uno de tus porteadores con la camiseta manchada de sangre y te pide perdón, pero en ese momento te da igual. Las batas verdes te han contagiado su mecánica manera de actuar. Pides un móvil anhelando el contacto con tu familia. Que te lleven, que te saquen de ahí. Solo quieres dormir en tu cama y que nadie te moleste. Y cuando por fin te llevan a casa, te echas a llorar en brazos de tus seres queridos, como si se fuera a acabar el mundo.
Hablas al salir con los uniformes azules, que también son máquinas sin corazón, y te vas de nuevo al hogar, pensando en la suerte que tienes. En lo que podría haber pasado, y en lo que has sentido.
El desayuno del día siguiente es el más sabroso de toda tu vida, tus sueños son más fuertes, y sientes la imperiosa necesidad de reservar un billete a San Francisco lo antes posible.
Desde ese punto, todo excepto tu vida carece de significado. No hay crisis económica, no hay amigos que se van, no hay relaciones que salgan mal, no hay trabajo al que no quieras ir.
Estas viv@.
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