Tengo frío en los pies. Y cuando tengo frío en alguna parte del cuerpo da la casualidad que me pongo a escribir. Es curioso, ¿verdad?
He pasado unos días pasando frío. Y pensando. Pensando mucho. En mí y en mi absurdo alrededor. Escuchando muchas opiniones y dando las mias a cambio, en culminación a conversaciones absurdas. Me he dado cuenta que ya hay pocas cosas que me interesen de lo que me dice la gente. Asocial, diría una amiga mía. Casi ni asocial, puedo decir que estoy vagamente ausente.
Veo a mi alrededor con perspectiva, y realmente no me importa lo que esté pasando. Esa misma amiga diría que estoy quemada. Y tiene razón. Aquí ya no tengo nada que hacer. He cumplido todo lo que tenía que cumplir. No está todo atado, ni mucho menos, pero está vacío.
Nada me llena, todo me aburre. Estoy estancada en lo que parece que deba ser una estabilidad personal. Pero que en realidad no lo es. Tengo trabajo, tengo (pocos) amigos, tengo risas y tengo parejas esporádicas, tengo un lugar donde vivir. Pero en realidad, ninguna de esas cosas es mía. No es que las haya conseguido con un esfuerzo personal, en busca de la realización. La gran mayoría de esas cosas me han ido llegando a mi vida, porque estaban ahí antes, o porque no había nada más a lo que atenerse.
Es por eso que me voy a marchar. Y el cielo quiera que sea para siempre. No me quiero hacer especiales ilusiones con eso. Pero quiero hacerlo cuanto antes. Al cabo de un año. Eso debe ser. Aquí yo ya no aguanto más. No puedo seguir esperando. No puedo seguir ahogándome entre toda esta rutina. No puedo seguir esperándolo.
Y en la mayor parte, es por eso que me voy. Solo espero que cuando me vaya, ya no sea demasiado tarde.
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