Es un salón oscuro, de paredes
negras como el carbón. El aire es frío y seco pero no corre ni un soplo de
viento.
Al final de la estancia, separado
por unas cortinas de terciopelo rojo, granate, color sangre, se puede
distinguir un foco de luz, que cae directamente sobre una silla. No es
exactamente una silla, es algo más grande. Es un trono. Hecho de oro macizo,
con filigranas en las patas y en los brazos. En la parte superior del respaldar,
la cabeza de una serpiente mostrando los largos colmillos.
Es demasiado grande para una sola
persona, pero lo ocupa una simple mujer. De piernas cruzadas y apoyada sobre
uno de los brazos, recostando su cabeza en un puño. Su expresión, taciturna. Las
cejas fruncidas por el dolor de cabeza que siempre la persigue. Blanca como la
leche, sus cabellos negros, sus ropas del mismo color. Así no se distinguen las
manchas rojas.
Nadie sabe si ese pequeño fulgor
blanquecino que despide es debido a la misma luz que se derrama sobre ella, o
bien su cuerpo despide esa radiación. El “ángel de la muerte”, se oye murmurar,
cuando las cortinas se abren y ella da su sentencia.
Por el momento las cortinas están
cerradas. Ella no puede ver la cola de gente que hay tras ellas, esperando para
ser juzgados. Todo el bien y todo el mal que han hecho en sus vidas, juzgados
con la mano dura de un verdugo injusto. Tan solo oye murmullos y lamentos de la
gente que está por venir.
Ella levanta la vista, cansada,
dolorida, asqueada de todo y de todos. Su corazón es tan negro como las
paredes. Alberga el odio que ha ido cosechando toda su vida. Le dieron la
espalda y ella acabó por darle la espalda al mundo. Su sonrisa se tornó fría y
sus dientes más afilados. Mentirosa, perversa y maliciosa, se convirtió en el
tipo de persona con el que siempre luchó. Escondía sus oscuros propósitos
enmascarándolos en caricias silenciosas, para luego vomitar todo el dolor que
le habían provocado.
El silencio puede ser la peor de
las estrategias. Puesto que se acumulan todos los pensamientos negativos. Ahí estaba
ella. En ese punto donde guardó todo el dolor provocado. Todo el asco que
sentía por la gente. Y por fin había llegado el momento de sacarlo.
Está preparada para impartir
sentencia.
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